Gustavo Restivo
En un rincón del mundo, en una ciudad deshumanizada y asfixiada por el concreto, habitaba alguien cuya identidad se fundía con el asfalto. Su corazón latía con fuerza mientras se preparaba para emprender un viaje hacia lo desconocido. En su mirada se reflejaba el temor de abandonar la tierra natal y la incertidumbre de estar ante las puertas de un horizonte indescifrable.
A medida que recorría los senderos polvorientos de la vida, se topó con esas líneas imaginarias: fronteras trazadas por quienes, ante la falta de sueños, intentan enjaular la libertad. Cruzar los límites del terruño —y los del propio miedo— requería un valor vital. Sus pocas pertenencias eran todo su equipaje, cargando con la esperanza de un futuro venturoso, pero también con el fardo pesado de la duda. A menudo, la angustia asomaba al imaginar lo que vendría.
En la travesía, surgió el desconsuelo al notar que la condición de emigrante era, en ocasiones, aprovechada por almas insensibles. Las lágrimas caían silenciosas por las noches ante el recuerdo de esa total desprotección frente a la adversidad, sin poder ocultar la fragilidad ante la injusticia. Los labios palidecían al apretarlos, reprimiendo un deseo de gritar a los cuatro vientos, un pedido de auxilio que se ahogaba en la garganta.
En esos instantes de flaqueza, brotaba la intriga de si esos caminos polvorientos serían realmente certeros o si solo sembraban dudas para poner a prueba a quien los transitara. Era el momento de mayor debilidad, sintiendo un titubeo ante un gigante que obligaba a dudar en cada paso, hasta el punto de que los sueños de bienestar comenzaban a tambalearse.
A pesar de las adversidades, la fuerza siempre surgía desde el interior. Cada amanecer indicaba que se había sorteado otra noche de zozobra, renovando la determinación de hallar un lugar en el mundo. El destino era ese: un pequeño pueblo de montaña, rodeado de líneas ondulantes y una infinita diversidad de verdes. Mientras el sol se ponía en tierras lejanas, se aprendía a resistir, a enfrentar los desafíos y a tejer historias de esperanza en medio del desamparo.
Si tan solo supieras las cargas que se llevan en un viaje hacia lo incierto, descubrirías que cada paso empapado de dudas está marcado por el coraje de encontrar un sitio al que llamar hogar.
Si tan solo conocieras las miserias humanas que acechan en el mundo, como aves de rapiña que observan a la distancia para abalanzarse sobre un alma desfallecida, tus propias penas se empequeñecerían. Esas miserias son dispares: una ya no tiene nada que perder porque lo ha jugado todo; la otra arrebata, sostenida por la avaricia, buscando extraer hasta la última gota de aliento ajeno.
Si supieras las batallas que hubo que librar, tanto las externas como las del alma, verías a un auténtico espíritu guerrero con la espada en mano en busca de su libertad. Si tan solo comprendieras esto, sentirías respeto por esa voluntad indomable que no se rinde ante las fronteras, mientras tú observas desde la distancia y la comodidad de tu tierra.




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