Al recibir su itinerario, sintió el impacto de la certeza. Certeza de la que carecía hacía ya algún tiempo. Los ansiolíticos ya no atenuaban su sistema nervioso y los somníferos generaban el efecto contrario al esperado. Volvió a leer, intentando memorizar. Sintió libertad. En sus largas noches de insomnio, cuando se le agotaban los tormentos y los castigos a su desdichada alma, pidió una señal. Sin saber bien a quien le pedía tal prodigio, la pidió de igual manera. Sí, eso era libertad. Sonrió.
Estaba conforme con su decisión, era acertada.
Debía desintoxicarse, sabía que no pasaría una prueba sorpresa, no quería arruinar el plan que pondría en marcha justo antes de que comience. En las requisas ya no hallaría la libertad buscada.
El insomnio no cedió, pero esa semana esto no lo fastidió. Preparo todo meticulosamente, ropa lavada y acomodada, departamento limpio, las cuentas pagas, los portarretratos de pie cual juez dictatorial que le recordaba lo que alguna vez fue. Lo que alguna vez fueron. Estaba a miles de kilómetros de lo que veía. Le costaba reconocer las escenas, ordenar la memoria.
La mañana señalada se bañó y se preparó con el esmero que había perdido en algún rincón. Mientras tomaba su café se contempló en el espejo y se halló impecable. Su rostro tenía signos de batallas perdidas, pero se vio apuesto. Temió arrepentirse. Se apartó de su propia imagen, tomó su bolso y salió sin mirar atrás.
Al llegar al enorme edificio volvió a sentirse diminuto y gigante, como aquella vez que ingreso convertido en el mejor piloto de su compañía. Era un piloto respetado, si todos supieran el error moral de ello.
La seguridad de ese martes se había, por lo menos, triplicado. Era de esperarse, pero no pudo contener la risa que eso le generaba. Ese día volaría sin copiloto y la tripulación de cabina estría reservada para un grupo de policías especializados en desempeñar ese rol. No los conocía, la suerte estaba de su lado.
Parado al lado del avión, observo a lo lejos el camión que transportaba a los convictos más peligrosos de la ciudad, que debían ser trasladados a la cárcel de máxima seguridad de Tierra del fuego, para que terminaran sus días rodeados de frío y mar.
Descendieron desafiantes, encadenados de pies y manos, con sus ridículos trajes anaranjados. Pedazos de mierdas. Subió el preso número veintitrés, subió la tripulación y por último él.
Realizo los chequeos de rutina, hablo con la torre de control y solicito los permisos necesarios para el despegue. Carreteó los 1200 metros de pista y comenzó el ascenso. Qué acto sublime. Logró ser lo que siempre había soñado, un piloto con muchas horas de vuelo en su haber, con un legajo impecable, un tipo respetado. ¿Eso era estar en equilibrio? El equilibrio lo lograba la máquina que piloteaba, pero no él. Le faltaban unas pocas millas para volar sobre el océano y se encontraba en paz. Contemplo la imagen y encontró belleza.
Apago las turbinas, apago el radar, direccionó la palanca de comando hacia el mar.
Los gritos de esas escorias fue dulce música para sus oídos. Imaginó los rostros de horror y se supo justiciero de todas las víctimas que fueron presas de ellos en una jugada macabra del destino. Hoy ellos eran las víctimas. Víctimas de sus deseos, de sus decisiones.
En caída libre, sintió que hacía un bien a la humanidad convirtiendo en comida podrida para tiburones a esos seres nefastos. En picada hacia el mar se sintió el mejor de los equilibristas, se sintió en libertad.
Carla












