Año 1456, Rumania. En la región de Valaquia gobernaba Vlad III, quien ostentaba el título de príncipe. Entre los lugareños, sin embargo, se lo conocía como Alaric, pues sabían que era un hombre de una bondad inusitada, «más bueno que el Quaker».
Su morada distaba mucho de su carácter: el castillo se alzaba sobre un risco de piedra caliza como una garra negra que intentara arañar el cielo de Valaquia. Sus treinta habitaciones eran un laberinto de sombras donde el viento aullaba a través de las gárgolas de piedra. Los techos, de un azabache profundo, terminaban en agujas góticas tan afiladas que parecían listas para empalar a las nubes. Era una mole de silencio y piedra que intimidaba incluso a los lobos de la región.
Sus detractores, con el fin de restarle importancia y hacerlo enfurecer, lo degradaron al rango de Conde. Lo cierto es que Alaric estaba dotado de ciertos poderes que lo hacían inmortal, un hecho que, con el tiempo, pasó a formar parte del folclore popular. Debido a esto, se organizaban incursiones frecuentes para matarlo; sospecho que lo hacían más por envidia de su longevidad que por verdadera justicia.
El ritual de ejecución exigía precisión: debían abrir el féretro donde Alaric descansaba durante las horas del día. Esto siempre lo despertaba de muy mal humor debido a la interrupción del descanso. Con el correr de los siglos, el príncipe se volvió un ser ansioso; no solo debía lidiar con su intolerancia a la luz solar, sino también con la paranoia de estar siempre alerta para preservar su cuello.
Una mañana, agotado tras sus andanzas nocturnas, se sumió en un sueño tan profundo que no sintió cuando abrieron su féretro. Los intrusos eran el profesor John Claire y su fiel ayudante, Thomas Curtis. Con el recinto abierto, el profesor apoyó una estaca de madera especial sobre el pecho de Alaric mientras sostenía un mazo pesado con la otra mano. El golpe fue seco y certero. En ese instante, de entre las ropas del príncipe brotó un chorro de sangre púrpura que salpicó a los presentes.
Alaric, impulsado por un dolor agudo y una furia ciega, se incorporó de un salto y estiró las manos para atrapar a sus verdugos. Curtis, que llevaba las herramientas en una saca de cuero, no había olvidado nada, ni siquiera los ajos. En medio del pánico, el profesor Claire metió la mano en la bolsa buscando el bulbo protector, pero sus dedos nerviosos apretaron un objeto distinto que alguien había dejado allí por error la noche anterior: medio limón.
El jugo cítrico voló directo a los ojos del vampiro.
—¡¡AAhhhh, mama dracului!! —rugió Alaric.
Salió del cajón de un salto, con los ojos llorosos y un ardor insoportable. El sabor ácido en la boca le provocaba arcadas y su rostro se contraía en muecas involuntarias mientras intentaba limpiarse con las manos. Una vez que el sufrimiento amainó, Alaric comprendió la situación. Sabía que, si no intervenía, aquella escena ridícula quedaría plasmada en las memorias del profesor.
—Les ordeno que se acerquen —sentenció Alaric con una gravedad herida.
El profesor y su ayudante, que intentaba esconderse tras su maestro, obedecieron temblando.
—Tomen asiento —ordenó el príncipe—. Esto es inaceptable. Lo que acaba de ocurrir no puede saberlo nadie. Les ofrezco un trato.
Claire y Curtis se miraron, incrédulos ante la surrealista hospitalidad de su víctima.
—Usted dirá —balbuceó el profesor.
—Les propongo que vengan a visitarme cuando quieran; nada les pasará. Les contaré mi verdadera historia para que la escriban y se hagan famosos, pero bajo una condición.
—¿Cuál? —preguntó el profesor.
—Deberán cambiar algunos aspectos de este encuentro.
—Entiendo —aseveró Claire—. Así se hará.
Y así fue como, con un apretón de manos, sellaron un pacto que derivó en una larga amistad. Desde aquel día, la literatura retrató a Alaric como un vampiro sanguinario y cruel, oriundo de Transilvania, que propinaba un trato inhumano a sus enemigos. Al fin y al cabo, esa fue la única forma que encontraron para salvar la reputación y la trayectoria del príncipe de la vergüenza de un limón.




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