Estaba transpirado, como si hubiera corrido varias cuadras a gran velocidad, agitado, sus ojos medio perdidos. Miguel pasaba por esto desde niño, a medida que fue creciendo los síntomas fueron acompañando su cuerpo y su psiquis, pues también iban creciendo.
Ese día, aprovechando la visita de su sobrino que vino de viaje a verlo, lo llevó a conocer la capilla Buffo, comenzaron a caminar en el exterior de la ermita, y en su parte trasera ven una escalera de material, angosta y con sus peldaños elevados que finalizaban en el pequeño campanario, que vaya a saber en que época tuvo que ceder su campana dejando de sonar en las pintorescas sierras unquillenses.
Enfrentó las gradas, llegó al tercer escalón y frenó de golpe, cual mano invisible lo detuviera sin esfuerzo. Otra vez el pánico, nuevamente como cuando niño, los síntomas de agitación, a la transpiración se sumó la pérdida del equilibrio. Inmediatamente vino a su memoria las veces que su hermano se acercaba al balcón de su casa y esos síntomas que se potenciaban hasta esquivar la vista para no tener que verlo si fuera a caer al vacío, también recordó sus visitas al terapeuta y la negativa a tratar esa acrofobia que no para de crecer y tanto daño le hace.
Gustavo




Me pasa seguido
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