La City es un rugido constante. Camino serpenteando entre el tumulto, el estallido de los frenos de los colectivos y un coro de bocinas que no da tregua. El grito del canillita me golpea los oídos hasta aturdirme. En este asfalto, el cerebro reptiliano toma el mando: te vuelves salvaje, esquivas amenazas y te proteges de los gigantescos dinosaurios de metal que dominan las avenidas. Es una coreografía de supervivencia nerviosa.

De pronto, el caos se vuelve invisible ante un vacío.

En el umbral de una casa, un joven permanece inmóvil. Es una estatua de miseria: flaco, envuelto en ropas que son apenas harapos sucios y malolientes. Mientras el mundo corre, él tiene la mirada clavada en la cima de los edificios, buscando en las alturas algún sentido o un milagro que lo arranque de su padecimiento.

El contraste es brutal. A su alrededor, la ciudad no se detiene: transeúntes, bicicletas y autos fluyen como un río indiferente que incluso lo salpica al pisar un charco. Para el resto, él es aire. Nadie lo ve, excepto yo, que por un segundo detengo mi inercia antes de seguir de largo. Estamos, irremediablemente, en la ciudad de la furia.

Gustavo Restivo