Sesenta años me llevó comprender cosas simples de la vida, soñaba con escribir, tener algo escrito por mí y ser reconocido por lo plasmado en el papel, en definitiva sentirme identificado por mi obra, aunque sólo fuera una.
Una tarde de otoño, veía como un artesano, humilde con sus manos estropeadas por el trabajo, fabricaba una lapicera a fuente, observaba como al probarla dibujaba unos trazos en el papel, la floritura de su caligrafía. Este hombre mayor había trazado algunas líneas, palotes y dibujó símbolos como un ocho o un infinito finalizando con un escrito en kanji japonés.
Me deslumbré al ver que lo más bello no era su escritura, sino la belleza de la pluma fabricada. Admití que estaba escribiendo a través de su creación.
Sesenta años me llevo darme cuenta que escribir, escribimos todos los días de nuestra vida. Que la vida es el papel y tus actos la lapicera.
Sesenta años tardé en ver que se puede escribir en el amor a tu profesión, en la crianza de tus hijos, en como profesas tu credo, en la pasión con tu pareja y en la caridad con tu prójimo.
Entendí que esos actos son los que de verdad escriben y serás leído y reconocido en la manera de expresarlos, pues la calidad de tu prosa, sobresaldrá y allí se podrá leer la belleza de tu ser.
Sesenta años tardé en aceptar que en lo simple verás las mejores letras, en cada amistad construida, en casa sonrisa compartida.
Un nuevo día es la tinta que da vida a la narrativa de mis actos. Cada amanecer es una oportunidad para escribir el capítulo que valga la pena recordar.
Sesenta años demoré para entender que muchos en este mundo, se despiden sin darse cuenta lo bello que es escribir.
Gustavo



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